El abrigo de lana

La noticia de la muerte de su hermano Saúl no afectó demasiado la rutina de Isaac Lemson, apenas una piedrita sobre una lápida deslustrada bastó para ahogar cualquier sentimiento afectuoso. La enemistad nació en el momento en que Isaac decidiera seguir el camino de la Torá: los insondables preceptos del libro sagrado alimentaron una ira mutua y terminaron por separar a los hermanos.

Los Lemson se calificaban entre sí de todas las formas posibles: el imbécil que enciende luminarias en Shabat, el monótono que pronuncia oraciones hasta para lavarse las manos, el irreverente que malgasta el nombre de Di-s, el asqueroso que no se lava los dientes en Iom Kippur, el descuidado que mezcla la vajilla de la carne con la de la leche, el iluso que cree que la llegada del Mesías lo salvará de sus deudas por evasión impositiva, el oportunista que solo acude al rabino cuando tiene que hacer negocios, el amarrete que no toca dinero en la sinagoga… ni en ningún otro lugar a menos que sea para recibirlo, y otras clasificaciones de igual o menor clase.Marc Chagall

Saúl, como era natural, dejó sus bienes a su mujer y a sus hijos, pero, a pesar de la enemistad con su hermano, no se atrevió a desobedecer un mandato de su difunto padre, y en su lecho de muerte reservó para Isaac un antiguo abrigo de lana que él había heredado por ser el primogénito. El abrigo, una prenda de gala cuidadosamente confeccionada por el mismísimo abuelo Lemson, sastre y hombre de fuertes tradiciones, había sido hecho para soportar el paso de los años y pasar de padre a hijo para ser utilizado sólo en ocasiones especiales.

En el funeral de su hermano, Isaac vistió con orgullo el abrigo, y durante el resto de su vida sólo se lo puso dos veces por año: durante Iom Kippur, y para el aniversario de la muerte de su padre. Después de haber vivido muchos años, Isaac comprendió que su hora estaba muy cerca, y con un nudo en la garganta llamó a su amigo el sastre para que hiciera unas reparaciones en el abrigo de lana antes de legárselo a su primogénito.

El sastre, compañero de estudios de Isaac en la sinagoga, llevó la prenda a su taller, y luego de tres días regresó consternado. Llevaba el abrigo, al que no había hecho arreglo alguno, y compartió nervioso su descubrimiento mientras le recordaba a Isaac un pasaje de la Torá: “No te vestirás de mixtura, de lana y lino juntamente”. Del lado interno del saco, debajo del forro gastado, bordada a mano con malévolas puntadas de hilo de lino, podía leerse la palabra hebrea que denomina a la mixtura vedada: “Shatnez”. A pocos días del descubrimiento, Isaac murió angustiado y sus hijos, atemorizados, decidieron quemar la prenda que había amargado los últimos momentos de su padre.

Las almas de los hermanos Lemson, que en vida no habían tenido tiempo de arreglar sus diferencias, purgaron su pena por siempre y languidecieron de rodillas a las puertas del Edén, y culparon a aquél bendito hilo de lino, con la vana ilusión de que su dios se apiadara de su verdadero pecado, el de haberse odiado mutuamente hasta el ridículo.

Marcar el Enlace permanente.

No se admiten más comentarios