La clara oscuridad

El ciclo televisivo “Omrim she aiá po” (Dicen que aquí sucedió) que emitió la televisión educativa israelí devuelve a la escena a uno de los más grandes performers de la cultura israelí: Yonathan Guefen.

Yonathan Guefen

Yonathan Guefen

Dicen que aquí todo era feliz antes que yo naciera. Que todo era simple, hasta que llegué. Un shomer (guardián) hebreo con su caballo blanco en una noche negra. Sobre la costa del (lago) Kineret, Trumpeldor era un héroe. La pequeña Tel Aviv, las arenas rojizas, un Bialik. Dos árboles frondosos, gente bella colmada de sueños. Porque esta es nuestra tierra. Aquí donde ves pasto, alguna vez hubo mosquitos y sarna. Dicen que alguna vez ocurrió aquí un sueño maravilloso. Pero cuando llegué para verlo no encontré nada. Puede ser que todo aquello terminó.

No son palabras de un trasnochado snob intelectual, ni son de estos años. Las escribió en la década del 70 uno de los más emblemáticos productos de la cultura israelí. Y una de sus mayores pesadillas. Aquel que narró una versión de la historia que puso en jaque el paradigma sionista europeo hegemónico desde sus propias entrañas.

Seguir las canciones escritas por Yonathan Guefen -por hacer sólo un recorte de su prolífica obra- es una invitación a recorrer una historia crítica del Estado de Israel.

Y aquí una pausa para ensayar una anticipada defensa. Historia crítica no es historia revisada. Mucho menos historia denostada. Historia crítica es la que se escribe mientras suceden los hechos, con el calor y la pasión de ser parte y no un mero observador. Historia crítica es la que se escribe asumiendo riesgos, pero que ante todo conforma un coctel con una altísima dosis de amor y dolor. Fin de la disgresión.

Yonathan Guefen nació en 1947, meses antes de la declaración de la independencia israelí. Por tanto su crecimiento fue a la par del joven estado. Creció en el paradigma de la izquierda sionista, es decir, occidentalista, intelectual, progresista y blanca.

Su participación en el Tzahal (ejército israelí) fue con el mayor compromiso alcanzando el rango de oficial, incluyendo su participación en la Guerra de los Seis Días. En esos años murió su madre y se suicidó su hermana. Quizás estos episodios lo impulsaron a formar parte de la bohemia telavivense de principios de la década del 70.

En simultáneo a sus ácidas columnas en el periódico Maariv, Guefen conformó la compañía Lul, junto a Arik Einstein, Shalom Janoj y Uri Zohar, pioneros de la sátira radial y televisiva en clave de rock.

Por aquellos años se preguntaba quién es judío, poniendo el dedo en la llaga sobre los puentes entre judaísmo y sionismo. Durante sus espectáculos satíricos musicales recorrió el país promoviendo nuevas camadas de músicos como Dany Litani, Itzjak Klepter, Miki Gabrielov, Yael Levy ó David Broza, entre otros. Fueron los años en que se dedicó a traducir las canciones de Bob Dylan para emular el rol de conciencia crítica que aquel desplegaba durante la Guerra de Vietnam.

Y ocurrió la guerra más trágica que recuerde Israel, la guerra de Yom Kipur. La que generó una nueva conciencia con cientos de canciones pidiendo terminar el previsible destino de muerte en la región. Y entonces apareció en el diario una de las expresiones más poéticas para abordar ese dolor. Un poema dedicado a los jóvenes soldados que dejaban de ser presentados como mártires de una causa y aparecían como eso que eran, jóvenes que coqueteaban con la muerte. Y los comparó con la inocencia de El Principito de Saint-Exúpery y su protegida rosa.

Hasta que en sus “Diálogos de salón” celebró con recelo la paz con Egipto en ese himno que es Ihié Tov. “Gobiernos y generales dividen el cielo entre el nuestro y el de ellos, cuándo veremos el final”, se preguntaba.

Pero ese disco-espectáculo de 1978 con el que presentó en sociedad a David Broza incluyó una gran travesía por las primeras tres décadas del Estado de Israel: “Rakevet Haemek- El tren del valle”:

“De pronto llega el Ministro de Defensa sosteniendo un mapa y un rifle, diserta sobre el futuro del Medio Oriente con tono amenazador y esperanzado. De repente divide Jerusalem, todos pierden peso, y yo lo aplaudo porque entre el público también estoy yo. Al lado de Bet El, ví un colono en la vecina Eretz Israel. Sube a pie y planta bandera en tumba de Rajav, la prostituta”.

Una breve estadía en Londres, donde residía desde hacía unos años Shalom Janoj, le inspiró una canción algo olvidada pero esencial en la comprensión de su vínculo con Israel:

“Una gran ciudad, sin soldados. Cada domingo suenan las campanas. Una luna fría sobre las torres y un invierno de verdad. Me siento sencillamente extasiado aquí, pero no es mi casa”

(Yonathan vuelve a casa)

Los años ochenta lo encontraron en el centro de las ventas discográficas y de la polémica. En 1981 el disco basado en su libro infantil Hakeves hashishá asar es quizás el más relevante en el género

Pero al año siguiente el comienzo de la llamada Guerra del Líbano fue el marco por el cual Yonathan Guefen viajó junto a su banda primero a brindar sus canciones y recitados a los soldados heridos en los hospitales del norte de Israel, y finalmente en los bunker en pleno territorio libanés con canciones provocativas, cuestionando la causa y a los generales que comandaban la avanzada, lo que valió su detención.

Quizás la angustia que sobrevino a la generación que protagonizó aquella guerra se pueda ver reflejada en la oscuridad de “Tarjeta de Shaná Tová de Shosh, la suicida” en la que la protagonista abandonada confiesa: “Si realmente me preguntás, no tengo esposo, tampoco toca la trompeta. Ah y este bebé que tengo también es tuyo. Shaná Tová de Shoshana”

Tras esa experiencia, Yonathan Guefen y David Broza tradujeron del español canciones de amor, principalmente de Serrat para el disco más vendido de la industria discográfica israelí “Ha ishá she ití – La mujer que yo quiero”.

Ya en los 90, mientras recreaba los míticos recitales hasta el amanecer junto a David Broza en la fortaleza de Metzadá, Yonathan pasó a ser el padre de la mega estrella del rock israelí, Aviv Guefen. El tortuoso vínculo entre ambos fue retratado en muchas canciones del joven Aviv, como por ejemplo la que dice: “En un lugar temible, que llamaremos casa, un hombre toma una botella tras otra. Ese hombre es exactamente mi padre” (Ajshav meunán – Ahora, nublado)

Desde entonces, Yonathan Guefen se reconcilió y se peleó otras veces con su hijo, escribió cientos de canciones más para los más diversos artistas, continuó con sus columnas en Maariv, publicó libros y realizó espectáculos en teatros y bares. Vivió en Estados Unidos y regresó. Pero nunca dejó de ser aquel judío sionista de izquierda, amante de la cultura occidental, tanto que su extenso repertorio casi no registra -como tampoco lo registró durante mucho tiempo la izquierda sionista fundadora del Estado- a la cultura oriental tan fundamental para la sociedad israelí.

En 2013, Yonathan Guefen recorrió la historia de Israel por la televisión educativa en el ciclo Omrim she aiá po. Si todo aquello sucedió o no, y cómo es materia de debate. Yonathan Guefen los vivió y los retrató con pasión. Con amor y furia, con cinismo y ternura, porque como lo describió su hijo Aviv: “así como la naturaleza, también el corazón tiene cuatro estaciones”.

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