“Y deberás recordar que fuiste un esclavo en Egipto…” (Deuteronomio 16:12). Año tras años, nos juntamos el 15 de nisan para respetar esa orden, para celebrar el Seder de Pesaj, durante el cual se lee la Hagadá y realizamos, simbólicamente hablando, el paso de la esclavitud a la libertad. Reflexionamos y recordamos los males del mundo, y celebramos el habernos transformado en un pueblo libre. Sin embargo, por más duro y difícil que nos parezca, esa salida de Egipto nunca existió.

Las cuestiones de fe son difíciles de debatir: se cree o no se cree. Cada uno es libre de tomar a la Torá como la palabra de Dios. Pero lo problemático es cuando episodios relatados en la Torá son considerados parte de la historia científica.[1] En los últimos años han prosperado documentales pseudocientíficos que afirman haber encontrado la explicación racional a las diez plagas y hasta a la apertura del Mar Rojo. Teorías tan tomadas de los pelos como que la muerte de los primogéntios fue debido a escapes naturales de gas han hecho eco en un público que se debate entre lo racional de la ciencia y el tradicionalismo de la religión. Pero todo esto es tan solo un método forzado contrario al método científico que solo busca, a partir de la conclusión, llegar a las posibles evidencias.

Teorías tan tomadas de los pelos como que la muerte de los primogéntios fue debido a escapes naturales de gas han hecho eco en un público que se debate entre lo racional de la ciencia y el tradicionalismo de la religión. Pero todo esto es tan solo un método forzado contrario al método científico que solo busca, a partir de la conclusión, llegar a las posibles evidencias.

Si por un momento hiciéramos lo correcto -llegar a las conclusiones a partir de la evidencia- nos encontraríamos con muchas sorpresas en lo que respecta a la historia del pueblo judío. Con respecto a Pesaj, no existen pruebas de que los judíos hayan sido esclavizados en Egipto ni de su éxodo por el desierto. Así lo describe para una entrevista al periódico argentino La Nación Israel Finkelstein, uno de los arqueólogos más importantes de Israel, director del Instituto de Arqueología de la Universidad de Tel Aviv y coautor de La Biblia desenterrada: una nueva visión arqueológica del antiguo Israel y de los orígenes de sus textos sagrados:

-El heroísmo de Moisés frente a la tiranía del faraón, las diez plagas de Egipto y el éxodo masivo de israelitas hacia Canaán son algunos de los episodios más dramáticos de la Biblia. ¿También eso es leyenda?

-Según la Biblia, los descendientes del patriarca Jacob permanecieron 430 años en Egipto antes de iniciar el éxodo hacia la Tierra Prometida, guiados por Moisés, a mediados del siglo XV a.C. Otra posibilidad es que ese viaje se haya producido dos siglos después. Los textos sagrados afirman que 600.000 hebreos cruzaron el Mar Rojo y que erraron durante 40 años por el desierto antes de llegar al monte Sinaí, donde Moisés selló la alianza de su pueblo con Dios. Sin embargo, los archivos egipcios, que consignaban todos los acontecimientos administrativos del reino faraónico, no conservaron ningún rastro de una presencia judía durante más de cuatro siglos en su territorio. Tampoco existían, en esas fechas, muchos sitios mencionados en el relato. Las ciudades de Pitom y Ramsés, que habrían sido construidas por los hebreos esclavos antes de partir, no existían en el siglo XV a.C. En cuanto al Exodo, desde el punto de vista científico no resiste el análisis.

-¿Por qué?

-Porque, desde el siglo XVI a.C., Egipto había construido en toda la región una serie de fuertes militares, perfectamente administrados y equipados. Nada, desde el litoral oriental del Nilo hasta el más alejado de los pueblos de Canaán, escapaba a su control. Casi dos millones de israelitas que hubieran huido por el desierto durante 40 años tendrían que haber llamado la atención de esas tropas. Sin embargo, ni una estela de la época hace referencia a esa gente. Tampoco existieron las grandes batallas mencionadas en los textos sagrados. La orgullosa Jericó, cuyos muros se desplomaron con el sonar de las trompetas de los hebreos, era entonces un pobre caserío. Tampoco existían otros sitios célebres, como Bersheba o Edom. No había ningún rey en Edom para enfrentar a los israelitas. Esos sitios existieron, pero mucho tiempo después del Exodo, mucho después de la emergencia del reino de Judá. Ni siquiera hay rastros dejados por esa gente en su peregrinación de 40 años. Hemos sido capaces de hallar rastros de minúsculos caseríos de 40 o 50 personas. A menos que esa multitud nunca se haya detenido a dormir, comer o descansar: no existe el menor indicio de su paso por el desierto.[2]

En los comienzos del sionismo como movimiento político, a finales del siglo XIX, comenzó una discusión acerca de la definición de “judaísmo”. Si hasta ese momento había quienes consideraban que lo judío era lo relacionado exclusivamente a la religión, este nuevo movimiento afirmaba que el judaísmo era un pueblo, una nación, y como tal, tenía derecho a su estado nacional. A la hora de definir “nación”, nos encontramos con diversas explicaciones. Una de ellas es la de Anthony Smith, sociólogo de la London School of Economics, quien sostenía que para poder existir una nación debe haber una comunidad que comparta una memoria histórica, un territorio común, solidaridad entre sus partes y una cultura compartida.

Esta memoria histórica, en el caso del pueblo judío, corresponde a hechos históricos que nunca existieron: Abraham, Itzjak, Yaacov, Yosef, esclavitud en Egipto, Éxodo, etc. Pero, así y todo, forman parte de la conciencia nacional, y con estas historias nos identificamos como pueblo. ¿Qué nación no tiene sus propios mitos? ¿O acaso Manuel Belgrano para crear la bandera argentina miró al cielo y tomó de allí sus colores?, ¿o acaso Cristobal Colón descubrió América y nadie por ese entonces sabía que el planeta no era plano? Cada pueblo tiene sus propias historias en las que necesita creer, para unirse alrededor de algo, para que la existencia del pueblo como tal cobre sentido. Y el pueblo judío es uno más de ellos. Ni más ni menos.

[1] Comprendiendo “historia científica” como la historia deducida de evidencias, sea escritos, relatos, restos arqueológicos, o cualquier otra cosa que sirva para aprender nuestro pasado siguiendo el método científico – es decir, el uso de evidencias comprobadas para luego pasar a la deducción.

[2] http://www.lanacion.com.ar/775002-el-exodo-no-existio-afirma-el-arqueologo-israel-finkelstein

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