9 febrero, 2020

Contrastes – Perashat Beshalaj

Escribe Haron Kababie
Lo que diferencia esta escena de las otras, es que aquí el pueblo no clamó la cielo quejándose de su dolor, sino que se calló y tomó las armas. Durante todo el episodio de la guerra hasta el final, no está el Dios que le dice a Moshe qué hacer, o un pueblo llorando sus desgracias prefiriendo ser esclavos sedentarios en Egipto, en lugar de ser nómadas libres.

La perashat Beshalaj (Shemot 13:17-17:16) relata la liberación del Pueblo de Israel de la esclavitud, y sus primeros días de libertad. Así mismo, cuenta acerca del desafío y la adversidad de un recorrido en el desierto que no va a ser fácil.

Y así comienza la perashá: la primera decisión fue elegir el recorrido, el Waze divino decidió mandarlos por la ruta más larga y no cruzar por “las tierras de los filisteos”, a pesar que era el camino corto, para que no tengan que enfrentarse a una guerra contra ellos, y no deseen volver a Egipto recién liberados.

El recorrido largo no era tampoco el más fácil; tenían un mar que cruzar. Lo que pasó después ya es sabido: el Faraón salió a perseguirlos. Cuando el Pueblo llegó a orillas del Mar Suf, éste fue acorralado por los egipcios, y ahí ocurrió uno de los milagros más imponentes en toda la literatura bíblica: la partición del mar para que los hijos de Israel puedan cruzar seguros, e inmediatamente después destruir al ejército egipcio ahogándolo. En ese momento de impotencia, el pueblo levantó su voz a Moshé diciendo «¿¡No había tumbas en Egipto que nos has traído a morir al desierto!?» (14:11), a lo que respondió su salvador y líder: «Dios luchará para ustedes, y así ustedes se callarán» (14:14).

Después de cruzar el mar, comenzó el largo recorrido a la tierra prometida. Este camino no estuvo libre de desafíos y problemas, sino que Moshé tuvo que lidiar con un pueblo nada fácil de manejar. Tres episodios en los cuales el pueblo levantó su voz: dos por falta de agua, y uno por comida. En los tres el grito fue el mismo, tal como lo fuera el grito anterior al del cruce del mar, haciendo referencia a la vida que tenían en Egipto, que si bien eran esclavos, pero lo tenían “todo”. En los tres episodios se quejan, comparan su sufrimiento diciendo que, a pesar de todo, en Egipto estaban mejor, e inmediatamente después Dios mandaba la solución.

El relato termina con la guerra contra Amalek. Esta guerra viene justo después que el Pueblo de Israel pone en duda a su Dios: «¿Está Dios entre nosotros?» (17:7). De pronto, cuando Amalek ataca al pueblo de Israel, Moshé pasa de ser un simple intermediario entre el pueblo y Dios, a ser un comandante y actuar de forma activa. Inmediatamente le ordena a Yehoshua elegir hombres que puedan combatir, el subiría a la montaña con la “vara divina” (17:9).

Lo que diferencia esta escena de las otras es que aquí el pueblo no clamó al cielo quejándose de su dolor, sino que se calló y tomó las armas. Durante todo el episodio de la guerra hasta el final, no está el Dios que le dice a Moshé qué hacer, o un pueblo llorando sus desgracias prefiriendo ser esclavos sedentarios en Egipto, en lugar de ser nómadas libres. Aquí hay una decisión, y es tomar el destino en sus propias manos (tal vez con un poco de ayuda divina), luchar por ellos mismos. La pasividad no trajo nada bueno, solo quejas. No es Dios quien luchará por nosotros, sino nosotros mismos que debemos luchar por nosotros mismos.

Tal vez hubiera sido mejor el camino corto. Aunque sepamos que habrán problemas en el camino, siempre habrán batallas que luchar. Dios prefirió que se desvíen de los filisteos para evitar luchar contra ellos y así quisieran volver a Egipto, pero de igual forma tuvieron que luchar. Irónicamente justo cuando tuvieron que pelear, no pidieron volver a la esclavitud, sino que decidieron luchar por su propio bienestar.

COMPARTE LA NOTA

Share on facebook
Share on whatsapp
Share on twitter
Share on linkedin
Share on print
Share on email