La señora Mendelsohn acudió muy seria a su marido, el gran rabino Meir Mendelsohn, para contarle sus sospechas de que su hija Deborah, de apenas diecisiete años, tenía un romance clandestino. Con eso Meir tuvo un ataque de ira: rompió vasos y platos, y luego se sentó junto a su mujer para tomar la sensata decisión de casar a su hija lo antes posible. Para eso acudieron a Isaac Kaufman, amigo de la familia y padre de Abrumi, un joven de veinticinco años que, ante la urgencia de la situación, resultaba un buen partido. En menos de media hora de negociaciones, Isaac y Meir fijaron fecha para la boda de sus hijos.

Junto con los preparativos para la unión, Meir Mendelsohn trazó un plan para dar fin al romance de su hija y desenmascarar al muchacho que la había pervertido, quien sin duda estaría en la fiesta, ya que la congregación no era tan grande y todo el mundo sería invitado. La fiesta se haría en un lujoso salón preparado para esta clase de celebraciones, pero en lugar de dividir a los hombres de las mujeres con un simple biombo, como sucede en cualquier boda judía decente, Meir decidió que hombres y mujeres celebraran en salones separados. No quería arriesgarse a un cruce de miradas en la recepción, y ni siquiera soportaba la idea de tener a su hija bajo el mismo techo que su amante. Meir también prometió a su mujer analizar el rostro de cada muchacho que asistiera a la fiesta hasta encontrar una expresión lo bastante triste como para delatar a quien habíamarchcagall intentado destruir el futuro de su hija.

El casamiento de Deborah Mendelsohn se desarrollaba de acuerdo a lo previsto por su padre: en el salón de los hombres los invitados comían, bebían y descargaban todas sus bendiciones sobre el joven estudiante que tenía la fortuna de casarse nada menos que con la hija del gran rabino. El ritmo de las canciones tradicionales invitaba a todos a levantarse, a chocar sus copas, y a abrazarse para bailar. Algunos de los más honorables miembros de la congregación, ahora bebidos, palmeaban con fuerza las espaldas de los pobres y tímidos muchachos que no se animaban a sumarse a la ronda y los obligaban a entrar en el círculo de caballeros que, desatados sus zapatos y flojas sus corbatas, se cocinaban en una sopa de barbas peludas y transpiración.

Mientras lo levantaban en una silla y lo paseaban por el lugar, el rabino se felicitaba a si mismo por su labor, y recordaba con una sonrisa de alivio las ridículas preocupaciones que lo acecharan antes de la fiesta. Por momentos se concentraba en escudriñar los rostros de los asistentes para descubrir al joven que había cometido el crimen de seducir a su hija, pero aquella noche todos parecían felices, y entonces Meir Mendelsohn, con la situación bajo control, se relajó, bebió, bailó y bebió aún más. A pocos metros de distancia, en un salón algo más modesto, la fiesta de las mujeres se desarrollaba con normalidad: las camareras repartían café y las madres dedicadas y serviciales cuidaban a sus niños pequeños. La esposa de Meir, como buena anfitriona, recorría las mesas para conversar con las invitadas, mientras, escondidas tras unas pesadas cortinas, Deborah Mendelsohn y su amiga Rebeca se entregaban a un interminable beso de amantes.