Saliendo del “arón hakodesh”

Constantemente estamos saliendo del closet. No los gays, todos. Y más polémico aún, todos nos travestimos. Al menos las mujeres sin duda lo hacemos. Todas nos depilamos, nos maquillamos, nos tuneamos. Algunas se ponen tetas, otras se levantan el culo, después se ponen botox. Y si no, aros, anillos, pulseras, collares, zapatos no útiles para la función para la que fue creado el calzado. Los hombres, se ponen corbatas que adornan, se sacan o dejan la barba. Todos construimos una imagen a semejanza de lo que queremos ser o transmitir, cada vez que elegimos la ropa por la mañana. Y es lo que nos hace también llegar a ser lo que soñamos en convertirnos.

Pero no es una cuestión solamente física. A lo largo de nuestras vidas nos vamos llenando de experiencias significativas que nos van modificando, vamos madurando ideas, conceptos, formas, ideologías, gustos. Tomamos constantemente decisiones que se contradicen o modifican comportamientos de nuestro pasado. Evolucionar es eso, una ruptura con nuestro “yo” anterior, y con lo que pensaban los demás de nosotros mismos. Y lo dicen desde grandes filósofos hasta creativos como Albert Adrià del área culinaria: “La creatividad es cambiar de opinión cada día”.

 

Pero, y entonces, si cambiar es un proceso constante, ¿cuándo se sale del closet? Pues nunca. O siempre. Todo el  tiempo salimos de antiguos roperos donde algún momento el espacio nos queda incómodo y no tenemos más ganas de estar guardados ahí sofocados por el qué dirán. Recuerdo de muy chica, en un cumpleaños de 11 o 12 años, que me quedé obnubilada viendo a la animadora bailar. No entendía qué es lo que estaba procesando, pero sin duda, fue un cambio de lugar. Recuerdo la primera vez que jugamos a darnos besos en la boca entre mis amigas, y que me causó disgusto como primera reacción. Después como fue que llegamos a continuar haciendo eso con una amiga en particular no sé, pero salí de un lado para estar en otro. Llegó un momento en el que me dijo, que si no dejaba de hacerlo, íbamos a besarnos en serio. Y no dejé de hacerlo, entonces me besó enserio. Y yo temblé.

Y así besé a muchas chicas. Y a muchos chicos también. Salí de mi placard de niña cuando estuve de novia varios años con un chico que fue mi primer gran amor, mi compañero y mi mundo por esa época, pero terminó el día que una oportunidad femenina se empecinó en hacerme latir a destiempo. Después de eso, comencé cada vez más a tomar decisiones contradictorias a conciencia. Quería sentirme libre de placares para elegir según la situación, y no según mi pasado o según un ideal de futuro tamaño estandarizado.

A pesar de la facilidad con la que me imbuí en mis investigaciones científicas, había muchos reparos y cuidados que tomar, sobre todo, siendo parte de una pequeña comunidad judía. “Pueblo chico, infierno grande”, dicen. No por que pasen más cosas que en una metrópolis, sino porque uno y sus cambios, dudas y aperturas,  al fin y al cabo, movimientos propios de la vida del individuo, llegan a más oídos de conocidos, que son conocidos de conocidos, que son conocidos de  mamá y de la bobe. Además, mientras más chico, el muestreo es menor, con lo cual, cualquier cosa que se salga de la norma, tiene muy poco de antecedente. Y eso no solo concierne a la identidad u orientación sexual. Si bien vivimos en una sociedad donde todo lo que rodea a lo sexual sigue siendo un tabú, a veces mientras más chico es el pueblo, la comunidad,  el barrio, cualquier cosa que implique romper con el status quo, salir de la zona de confort, o de cualquier tipo de closet, se hace más difícil.

¿Me gustan las mujeres? Tuve la suerte de una coyuntura muy favorable. Cuando por primera vez me plantié esa pregunta, irónicamente fue mucho después de un largo recorrido de camas femeninas y también masculinas. Pero la pregunta se respondía por sí sola, sí me gustan las mujeres; y sí, me gustan los hombres, aunque quizás un poco menos. A esa altura, en la ciudad ya teníamos muchos estudiantes del interior, declaradamente gays, que venían a participar y activar en la comunidad judía. Cosa que me llamaba la atención pero también era lógica: era más fácil declararse gay cuando no estabas en tu ciudad, cerca de tus progenitores nacidos en una generación más homofóbica que la actual, y sin cruzarte con la señora del club, que te vió crecer, no te habló nunca, y se cree con derecho a hablar de tu vida a tus espaldas.  ¿Y lesbianas? No, mujeres que les gusten las mujeres no había ninguna yo conociera. Pero yo, ¡era una mujer que me gustaban las mujeres! Y en mi país se había aprobado el “matrimonio igualitario”, que me brindaba un amparo de legitimidad infinita.

Sabiendo todo esto, y analizando profundamente los costos y beneficios de quedarme en una misma comunidad pero dejar de esconder mis relaciones, es que decidí, quizás, ser la primer chica que iba con su novia a eventos de la comunidad. Poco a poco la noticia fue expandiéndose como una onda en el agua, pero para mi satisfacción, siempre con respeto. Chisme de comunidad al fin, y noticia del año quizás, pero nadie me trató distinto, y si lo hicieron, lástima por ellos.

“Que importa, que importa el blablablá”, dice el músico Martín Buscaglia, “ese puede ser tu collar o tu soga al cuello”.

NE: La bobe todavía no sabe nada. Estamos pensando en metodologías didácticas para decírselo, se aceptan recomendaciones. Las amigas del templo de la bobe, no creo que sepan, pero es en lo que primero la bobe va a pensar cuando se lo diga.