A nuestros diecinueve años mi amigo Damián encontró la respuesta, o mejor, las respuestas, y decidió que era tiempo de agradecer a Dios. Dios con mayúsculas, según él me enseñó que debe escribirse, sin importar si la palabra va al principio o en el medio de una frase, aunque en realidad él ni siquiera escribía Dios, sino D´s, porque al parecer está prohibido escribir Su nombre. Así que cuando escribo él, él vendría a ser Damián, mi amigo, pero si pongo Él, con mayúscula, hablo de Dios. Después de un tiempo, Damián se cansó del judaísmo y sus respuestas y decidió volver a las preguntas: otras religiones también podrían tener razón, decía.

No volví a ver a mi amigo en mucho tiempo, hasta que un día, hace unos años, recibí una carta de él en donde me explicaba que, una vez más, había encontrado a Dios, pero no al Dios de los judíos. El Dios al que ahora seguía estaba en todas partes, en el Sol, en la Luna, en el Agua, en los Árboles, en los Hombres, en sus Mascotas, en la Comida, en el Café con Leche, en la Soda, en el Azúcar, en los Teléfonos, en los Calendarios, y hasta en los Calendarios de Gomería, esos que tienen una Mujer desnuda por mes. Dios está todos lados, me dijo Damián, y siempre hay que escribirlo con mayúscula.

Después volví a perderle el rastro, hasta que ayer fui a una Casa de Repuestos para Autos a comprar un Espejo retrovisor. Me atendió Damián, gordo y con el rostro engrasado. Mientras comía una Medialuna y discutía sobre Fútbol con su Compañero de trabajo, buscaba el precio del Espejo en una Lista repleta de artículos escritos con mayúscula, y si bien me miraba como a punto de reconocerme, no le di tiempo porque enseguida pagué y me fui.