Se decía que en el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau, escondida en el bloque número veintitrés, donde centenares de hombres dormían hacinados en unas pocas literas, había una pequeña almohadilla que intercambiaba las almas de quienes durmieran con la cabeza posada sobre ella con las de otros seres vivos. Un carpintero de Cracovia había amanecido un día con los ojos inertes y su cuerpo había permanecido inexpresivo hasta la hora de su ejecución; un joyero de Budapest había reposado unas horas sobre ella y había perdido todo destello de vida en su rostro, y lo mismo había sucedido con un anciano que decía haber sido un importante político en Lodz.chagall62043

Natán Breman, rabino de un pueblito cercano a Varsovia, escuchaba los rumores y comentarios de los prisioneros acerca de aquella almohadilla mágica: se decía que sobre los techos del bloque anidaba un pájaro que tenía los ojos del carpintero de Cracovia, y que el perro de uno de los comandantes tenía la expresión del joyero de Budapest; el alma del político de Lodz, por su parte, se había instalado en una cigarra que por las noches hacía el mismo sonido que el anciano solía hacer al dormir.

Acostumbrado a escuchar historias de fantasmas y de objetos imposibles, Natán Breman decidió demostrar a todos que aquello no tenía nada de mágico, que se trataba apenas de un simpático cuento de hadas, pero por la noche se encontró con una multitud de hombres que se peleaban y empujaban por usar la almohadilla. Después de unos minutos, el rabino logró convencer a todos de que él dormiría sobre ella para demostrar que sólo se trataba de una fantasía.

Durante la madrugada, ruidos de bombas y disparos desde el Este atormentaron a los prisioneros; entre gritos y corridas, unos pocos soldados evacuaron el bloque. Sin embargo, el cuerpo de Natan Breman, que por algún motivo había pasado inadvertido, aún descansaba sobre la litera, con su cabeza sobre la almohadilla y los enormes ojos negros abiertos y brillantes en la oscuridad.

A pocos kilómetros de allí, posado sobre una rama, un gran búho, de porte majestuoso, observaba el avance implacable de las tropas soviéticas. Uno de los comandantes de aquella brigada se detuvo al reparo del árbol para encender un cigarrillo, y al observar al animal por un instante le pareció percibir en él el destello de una sonrisa cómplice.