Una medianoche lluviosa, mientras echado sobre mi cama, deprimido, yo meditaba en busca de una imagen que me hiciera regresar a momentos más felices, un sonido seco retumbó en las paredes de mi departamento. Era como si alguien llamara a la puerta, y primero simulé no oír. Inmóvil, con la vista fija en el cielorraso, agoté los segundos de silencio a la espera de un nuevo llamado, que al producirse me obligó a acudir. Apenas tuve tiempo de abrir la puerta cuando un hombre, el pie impetuoso ya sobre la alfombra de mi hogar, irrumpió en el comedor.

Vestía un abrigo negro, botas negras, pantalones negros y sombrero negro; su barba negra y blanca disimulaba el fulgor de sus engañosos ojos celestes. Intenté reaccionar, le pregunté qué hacía, en la húmeda negrura de la noche, ante la puerta de mi departamento, sus botas en mi alfombra, sus ojos claros sobre mi oscurecido corazón. El hombre tomó de su bolsillo un elemento extraño, una bolsa de terciopelo violeta con inscripciones, de la que sacó una caja negra con dos largas correas de cuero; tomó mi brazo izquierdo por sorpresa y en la potencia de su mirada perdí toda capacidad de reacción.cuervo POE

Mientras enrollaba sus correas alrededor de mi brazo y entre mis dedos, sus botas fangosas sobre mi alfombra, sus ojos filosos sobre mi mano, lo dejé hacer. Luego, de su bolsa de terciopelo, tomó otra caja igual y enrollo las correas alrededor de mi cabeza, la caja negra fija a mi frente. Con la piel de mi brazo enrojecida a causa de la presión de las tiras de cuero, cerré los ojos e insulté al siniestro visitante, lo traté de vil invasor de mi hogar, de ruin caballero de la oscuridad, de espectral criatura empecinada en perturbar mis horas de más profundo dolor.

En un tono cavernoso, en algún idioma arcaico, el hombre comenzó a murmurar sus oraciones, sin retirar la mano de mi brazo enrojecido, sin remover el fango de sus botas del suelo de mi comedor, sin dejar de acosar a mi corazón ya debilitado por el influjo de sus malignos ojos celestes. Otra vez lo dejé hacer, y cuando hubo terminado, el visitante me liberó de mis ataduras y las regresó a su bolsa. Entonces alineó sus ojos con los míos y comprendí que así se despedía de mí.

Aterrado y sin capacidad de reaccionar, removí el espeso aire de la habitación, y con un hilo de voz detuve la huida del visitante a la tempestad de la noche neblinosa para preguntarle si alguna vez volvería a verlo, si su dolorosa presencia acudiría una vez más a proyectar el fango de sus botas en mi alfombra, si la sombra de sus ojos se clavaría una vez más en mi despavorido corazón, a lo que el hombre, antes de cerrar la puerta y abandonarme a las penas de mi alma, respondió: “Nunca más”.