780 Marc Chagall - 6 La casa gris 1917 M ThyssenPara celebrar el centésimo aniversario de la construcción de la sinagoga del pueblo, los líderes de la congregación decidieron mandar a escribir un rollo de Torá. Como es costumbre, las más importantes personalidades del lugar y de las poblaciones vecinas fueron invitadas a participar de la escritura. Todos estaban orgullosos de poner una parte de sí en la historia de aquella sinagoga.

El escriba contratado fue traído especialmente desde una región remota y prometió terminar la tarea en apenas un año. Para eso, llevó sus propios pergaminos elaborados con cueros de animales aptos según la ley, y con plumas de ave construyó las herramientas que utilizaría en la escritura. Para garantizar que la confección de los nuevos rollos fuera realizada bajo el amparo de la ley, el escriba entregó una larga carta de presentación con la firma de docenas de famosos rabinos que recomendaban su trabajo.

Como no está permitido que cualquier hombre toque la Torá, cada uno de los que participaron en la escritura, tras haber colaborado con una cuantiosa o muy cuantiosa suma de dinero, posó su mano sobre la del escriba mientras éste dibujaba alguna letra hebrea sobre la superficie de cuero. Así, todos se daban por satisfechos y podían contar a su familia y amigos que ellos mismos, de su puño y letra, habían contribuido a la escritura de los rollos.

A Ariel Rubinstein, el hombre más adinerado del pueblo pero al mismo tiempo el más piadoso y solidario, la iniciativa no lo hacía feliz: veía como una injusticia que sólo quienes tenían dinero pudieran participar de un hecho tan importante, por lo que decidió hacer su propia Torá, y con su dinero contrató a otro escriba a quien pagó los medios de transporte y el alojamiento para recorrer toda la región en busca de hombres humildes que quisieran ser parte del nuevo juego de rollos.

Durante el año que demandó la escritura de los dos rollos, las autoridades de la sinagoga, encabezadas por el rabino, condenaron febrilmente la iniciativa de Rubinstein, lo trataron de bruto, de ignorante, lo acusaron de crear una falsa Torá, manchada por las manos grasosas de vagabundos, viciada por el aliento podrido de inmundos borrachos, envilecida por la mirada de ladrones y asaltantes, corrompida por la desesperación de la pobreza, la suciedad y la mala vida.

A pesar de las críticas, Rubinstein siguió adelante con su proyecto hasta que un día, luego del tiempo estipulado, el rollo estuvo listo y, como era de esperarse, fue rechazado por el rabino, que ni siquiera se tomó la molestia de analizarlo. Esa misma noche, el escriba contratado por la sinagoga se presentó en secreto en la casa de Rubinstein; se lo veía nervioso, y entre llantos confesó que no era quien había dicho ser, que su carta de presentación era falsa, y que aunque a lo largo de un año había aparentado avanzar en la escritura de los rollos, su mentira quedaría en evidencia al momento en que el rabino intentara leerlos. Ante la confesión del impostor Rubinstein, conmovido, le propuso que, si le entregaba todo el dinero que había cobrado a la comunidad por su trabajo, le entregaría una Torá que sustituyera sin inconvenientes su malograda copia.

Durante la ceremonia en la que se presentó la nueva Torá los líderes de la congregación, rebosantes de felicidad y orgullo, comentaron por lo bajo la ausencia de Rubinstein y se rieron de su ingenuidad por haber creído que su inmunda copia de los rollos sería bien recibida en la sinagoga. Rubinstein en tanto volvía a recorrer la región en busca de los hombres humildes que habían colaborado con la escritura para darles las buenas nuevas y repartir el dinero que el falso escriba había regresado.