Mi abuela, sobreviviente del Campo de Concentración de Auschwitz (entre otros), no se sentaba a comer. Ella se encargaba de cocinar en grandes cantidades para luego ver a su familia sentada en la mesa y traerles comida hasta que no diesen mas abasto. Recién ahí, cuando a mi madre, tío y abuelo no les entraba un bocado más en sus cuerpos y se iban de la mesa, ella se sentaba a comer.

Fragmento del libro de nombres de víctimas judías de la Shoá, en el museo de Auschwitz
Museo de Auschwitz: fragmento del libro de nombres de víctimas judías de la Shoá, incluido lugar de nacimiento y de muerte. La mayoría, al salir de sus casas por última vez, no sabía lo que le depararía el destino.

Que la Shoá dejó marcas en el comportamiento de las personas no es ningún secreto. Pero a mi madre aun hoy le cuesta cocinar y sentarse relajada a comer, y ella no vivió la Shoá. No por lo menos en carne propia. Hay traumas que se traspasan, que se heredan. Si una única persona lo tuvo, lo transmitirá a sus hijos, y ellos a los nietos. Pero si ese trauma pasa a ser parte de la historia colectiva de un pueblo, este pasará de generación en generación y se convertirá en parte inseparable del comportamiento del colectivo.

El pueblo judío (sobre todo la rama ashkenazí, aunque no únicamente) posee una costumbre especialmente fuerte: el “por las dudas”. Cualquiera de nosotros que se haya criado en un hogar judío lo conoce, y su ecuación es muy simple. Haz X cosa, por si acaso Y, por muy improbable que sea, sucede. Despejemos la X: “lleva un saquito por si refresca”, le dice la madre al hijo. Es decir, afuera hay 40 grados de calor, el adolescente sale en remera y pantalón corto (acorde al clima), pero su madre (con años de historia judía a sus espaldas) teme que por algún milagro de la naturaleza el clima refresque y su hijo se resfríe. La lista es interminable: “lleva medias de repuesto por si se te mojan”, “lleva ropa interior limpia por si tenés un accidente”, “llenate la panza ahora que no sabés cuando vas a volver a comer” y más.

En agosto de 1941 los 2500 judíos del shtetl (aldea) polaco de Tiktín fueron reunidos en la plaza central del pueblo, conducidos a los cercanos bosques de Lupojova y fusilados uno por uno. Agosto: pleno verano europeo. Según testimonios de las pocas personas que presenciaron esa noche, los judíos vestían ropas de invierno y llevaban comida para varios días, “por las dudas, no sabemos cuando volveremos ni hacia donde vamos”.

El “por las dudas” es una consecuencia de las constantes persecuciones sufridas por los judíos, sobre todo la Shoá. Inquisición, pogroms, Shoá y expulsión de los judíos de países árabes tras la declaración de independencia de Israel en 1948 marcaron al pueblo judío para siempre. ¿Cómo saber que ropa llevar, si nunca sabían cuándo podía tocarles no volver?, ¿o no conocemos a caso las miles de historias de judíos que salieron de sus casas por algunos minutos y terminaron deportados a cualquier campo de concentración o exterminio y no pudieron volver a ver a sus familias?

“Todo esta clavado en la memoria, espina de la vida y de la historia”, enseña el cantautor León Gieco. Y esa espina molesta y pincha más que nunca, aquí, a un judío, y en Polonia.

La memoria, conservada por los mismos prisioneros de Auschwitz, para la eternidad.

COMPARTE LA NOTA