Bamba, bamba, chicles Alma, desde Tel Aviv al Ben Gurion
Un shekel, dos shekels, “oy, kapara”, Arik Einstein el grande
Adelante, adelante. Adelante hitech. Para la policía 1-0-0
Damas, damas, raquetas, raquetas
Te amamos, Shimon Peres

“Lo más israelí”, Hatikva 6

A Shimon Peres lo conocí dos veces. La primera fue a los 17 años, cuando en mis primeros días como miembro de un movimiento juvenil sionista (Tnuá) en Argentina vi su fotografía gigante colgando de una pared. No es que nunca lo hubiese escuchado nombrar, pero ese día comencé a comprender su magnitud. Dudo que los que estamparon su cara en ese lugar hayan sabido su historia completa; el solo hecho que Peres era el último referente vivo del Movimiento Sionista Socialista, del cual la Tnuá también es parte, era suficiente para tenerlo como ejemplo a seguir. Él también era víctima de ese filtro positivista que utilizan las colectividades judías de la diáspora, gracias al cual las cosas malas de Israel –ya sean personas, procesos políticos o guerras- se deshacen en algún lugar del espacio-tiempo y en la memoria queda el optimismo. No por nada el amor y el odio a Golda Meir en Israel y en la diáspora son inversamente proporcionales.

En el 2007 Peres fue elegido Presidente de Israel y nos tocó estudiar un poco sobre él. Dos cosas me llamaron especialmente la atención. La primera es la enorme cantidad de puestos que ocupó en el estado, a saber: Presidente, Primer Ministro (dos veces), Viceprimer Ministro (dos), Ministro de Relaciones Exteriores (cuatro), de Desarrollo Regional (dos), de Defensa (dos), de Transporte, y de Inmigración, todo esto sin contar sus actividades previas a la fundación del Estado y sus 48 años consecutivos como miembro del parlamento (Knesset). La segunda es su calidad de “eterno perdedor de elecciones”: su primera candidatura a Primer Ministro es cierto que la ganó, pero por tan poco que tuvo que implementar un sistema de rotación por el cual gobernaría solo por dos años. La segunda vez fue luego de la muerte de Izjak Rabin, en una elección que la tenía prácticamente ganada desde el comienzo de la carrera, y la termino perdiendo frente a Benyamin Netanyahu de manera sorpresiva. Perdió en numerosas oportunidades el liderazgo de su partido político (el Laborista), otrora en manos de Rabin, por última vez en el 2006 frente a Amir Peretz. La elección a presidente en el 2007, la ganó pero no sin antes rememorar algún fantasma del pasado. Y ni hablemos de la Trampa Sucia, cuando una traición de los partidos religiosos lo hicieron perder una nueva oportunidad de ejercer la máxima autoridad en Israel.

Digamos que lo pude conocer bastante, por lo menos como un ciudadano de a pie llega a conocer a los políticos de su país. Es cierto, faltan los datos biográficos, al fin y al cabo esto es una nota necrológica y puede que haya lectores que no lo conozcan (¿será?). Ahí van: nació como Szymon Persky en Polonia en agosto de 1923. Murió en Israel en septiembre de 2016. Su familia decidió emigrar a Palestina en 1935 y así logró escaparse por poco del nazismo. Otros familiares no corrieron la misma suerte. De abuelo rabino y padre laico, creció rodeado de ideas revolucionarias sionistas. La escuela primaria la cursó en Tel Aviv y la secundaria en un asentamiento agrícola en Ben Shemen. Con solo 17 años participó de la primera fundación del Kibutz Alumot, en las orillas del Kineret. En 1945 se casó con Sonia, de quien se divorciaría en 2007: “Yo me enamoré de un tambero, no de un presidente”, diría ella, quien falleció en 2011. Fue Secretario General de la Tnuá Hanoar Haoved Vealomed, y responsable de armamento del grupo paramilitar Haganá. Sin embargo, se lo recordará por dos hitos fundamentales en su carrera política. El primero es la fundación del Centro de Investigación Nuclear de Dimona. Es decir, es “el padre” del armamento nuclear israelí, algo indudablemente bueno para un país del que en ese momento se dudaba de su capacidad de supervivencia. El segundo son los polémicos “Acuerdos de Oslo” entre Israel y los palestinos.

Aquí entra en juego una vez más ese filtro que ya nombramos antes. Los Acuerdos de Oslo son para el resto del mundo algo positivo: Itzjak Rabin y Yaser Arafat, como representantes del pueblo israelí y el palestino respectivamente, junto a Peres, impulsor de los acuerdos, fueron galardonados con el Premio Nobel de la Paz de 1994. Sin embargo en Israel muchos los recuerdan como un fracaso. La izquierda, en el gobierno por ese entonces y principal impulsora de Oslo, ve en el asesinato de Rabin y la posterior victoria de Netanyahu en las elecciones el motivo por el cual los acuerdos no prosperaron. Y algo de razón tiene: la división de los territorios palestinos en zonas bajo diferentes controles, junto a la creación de la Autoridad Nacional Palestina, apuntaban a ser solamente pasos hasta la creación del Estado Palestino. Hoy, 22 años después, esta situación sigue vigente. Del otro lado, los que hoy no lloran a Peres lo culpan a él y a Rabin de entregarles armas a los palestinos (por la cláusula que estipulaba la creación de una policía palestina armada) y de otorgarles autonomía. Es decir, los responsabilizan por las muertes de todo ciudadano israelí víctima de terrorismo palestino desde 1994 hasta la fecha – como si hasta 1993 la situación hubiese sido color de rosa.

El Presidente de EEUU, Barack Obama, recibe de manos del Presidente de Israel, Shimón Peres, la Medalla de Honor por su contribución a la seguridad de Israel | Copyright 2018 - Israel National Photo Collection. Credit: Mark Neyman

La segunda vez que lo conocí a Shimon Peres fue ya viviendo en Israel. Conocí a la persona, no al líder, no al político. Tal vez hasta hoy uno de los deportes nacionales de Israel es sacarse fotos con Peres: no hay quien no tenga una. Cuando inmigré a Israel ese fue uno de mis objetivos; no quería que se muera sin poder verlo en persona y registrar el momento. Pero las casualidades de la vida me llevaron a vivir junto a él otras circunstancias. En Pesaj del 2015 pude pasar unas vacaciones junto a él en el desierto del Neguev. Visitamos emprendimientos en el desierto, ciudades en desarrollo y como frutilla del postre, la casa del kibutz Sde Boker donde David Ben Gurión pasó sus últimos años de vida. Si bien hoy está convertida en museo, a Peres no pareció importarle: entró como quién entra a la casa de un amigo, se sentó en el escritorio de la sala y comenzó a contar anécdotas que vivió junto a Ben Gurión. Como aquella en que Peres, siendo Secretario General del Hanoar Haoved, recibió un llamado de Ben Gurión, líder del movimiento sionista, que lo quería conocer. El encuentro sería en su automóvil, mientras irían en camino a Tel Aviv rumbo a las oficinas del Movimiento Sionista. Contó Peres que cuando lo pasaron a buscar, subió emocionado por tener la oportunidad de conocer a una figura de semejante talla; sin embargo, Ben Gurión estaba durmiendo. Y así lo hizo las cuatro horas que duró el viaje, excepto por unos pocos segundos en los que el primer Primer Ministro abrió los ojos, pronunció una crítica feroz al Partido Comunista Soviético, y siguió durmiendo.

Ese era el Shimón Peres de verdad, el que tuve el privilegio de conocer, de verlo caminar, de verlo comer. Persona polémica sin duda alguna, sobre todo en el seno de la sociedad israelí. Recién durante la presidencia logró que su imagen positiva sea consenso general en la población, y su corrección política durante esa etapa se debió muchas veces a no perder esa imagen tan buscada durante años. Peres era el último gran líder de la nación, el último padre fundador. Él representaba a esa generación, y criticarlo a él era criticarlos a todos ellos. Era una leyenda viva. Pero ya no está más, al menos físicamente. Ahora se encuentra junto a personajes de la talla de Itzjak Rabin, David Ben Gurion, Menajem Beguin y Ariel Sharon, entre otros. Pero ya no más en el pedestal, ya no es más su representante en vida. Ahora comienza una nueva etapa para Peres; el descubrirlo, el permitirnos una crítica hacia su persona, hacia su vida política y hacia su influencia en el desarrollo del Estado de Israel.

De Peres me pude despedir dos veces. La primera fue la noche del 13 de septiembre, momento de su internación. Las casualidades –nuevamente- me llevaron a estar cerca del hospital en el que fue internado y junto a un amigo nos escapamos de su cumpleaños sintiendo que rendirle un último homenaje a Peres lo valía. En la entrada del hospital solo había periodistas. El tiempo pasaba y el sentimiento de despedida estaba en el aire. Es extraña esa sensación de desear que lo que uno hace sea completamente inútil. Queríamos que esa sea una despedida falsa, ridícula. Queríamos haber viajado 40 minutos para nada, para una simple anécdota. Queríamos haber huido de su cumpleaños y que el resto de los invitados se hayan enojado por ir a despedirnos de una persona que no murió. Nos quedamos hasta que la familia salió a pedir frente a las cámaras de TV que recen por él, que lo que él más quiso en la vida fue al pueblo de Israel, y que en este momento tan grave lo necesitaba más que nunca. Nosotros sentimos que ya nos habíamos despedido de él, pase lo que pase.

La segunda despedida es esta, con estas palabras, por este medio, dos semanas después. En la escuela de periodismo siempre nos insistían para que no escribamos en primera persona, que el periodista no es importante. Esta vez preferí hacer una excepción contando sobre el Peres que yo conocí. Y es ese: simple y complejo, polémico y conciliador, con errores y aciertos, pero con la firme convicción de que todo lo que hizo fue por el bien del Estado de Israel, y por lo tanto, del pueblo judío en todo el mundo.

Hasta siempre, Shimon.

Copyright 2018 - Israel National Photo Collection. Credit: Moshe Milner

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