Es un hecho: contra todos los pronósticos, Donald Trump ganó la presidencia del país más poderoso y más influyente a nivel mundial. Sin embargo, en lo que respecta a sus políticas hay completa incertidumbre. Es que más allá de su poco conocimiento sobre Medio Oriente, Trump es un oportunista y tiene unas ideas claras que si no gustan, está dispuesto a cambiarlas y mostrar otras. 

Las reacciones de sorpresa en todo el mundo no se hicieron esperar e Israel no estuvo ajeno a esta realidad. Todo el arco político gobernante no ha demorado en felicitar al nuevo presidente electo norteamericano y recordarle por un lado el apoyo constante de su país a Israel en sus intereses de seguridad, y por el otro sus promesas de campaña más relevantes:

  • Mover la embajada de Estados Unidos de Tel Aviv a Jerusalem y distanciarse de la política de su predecesor en relación a Irán
  • Modificar la relación estadounidense con el país persa: puede llegar a romper con el equilibrio, poco efectivo, pero arduamente logrado por la administración Obama

La enemistad de la potencia nuclear chiita con Israel es manifiesta. Es Irán quien fomenta gran parte de los atentados terroristas en Israel y el mundo, sea proporcionando armas a Hezbollá (chiita) en el Líbano o a Hamas (sunita) en la franja de Gaza, o enviando tropas a Siria para defender al dictador Assad.

Pero cuando de Irán se habla, los intereses son aún mayores. En la eterna disputa de la hegemonía sobre el Islam, Arabia Saudita e Irán utilizan escenarios como la “guerra civil” en Siria para medir sus fuerzas y Washington mueve sus piezas como en un tablero de ajedrez en donde una movida equivocada puede dejarlo totalmente expuesto. 

Israel es parte de esta realidad y consciente de la lucha interna entre las potencias islámicas ha decidido, más allá de brindar constantemente atención médica a refugiados sirios, mantenerse distante de la situación en ese país. Esa distancia se profundiza ahora, ante un escenario que podría cambiar si la nueva administración comienza a tomar otras políticas respecto a sus aliados en Medio Oriente.

A su vez, mover la embajada de Estados Unidos de Tel Aviv a Jerusalem implicaría un cambio sin precedentes en la política norteamericana respecto a Israel. De esta manera Washington reconocería por primera vez a Jerusalem como la capital del estado judío poniendo fin a años en donde dicho territorio era considerado en disputa por los sucesivos presidentes norteamericanos. 

Pero más allá de ese movimiento y los posibles cambios, Estados Unidos debería cumplir una función de contrapeso y neutralidad en el conflicto palestino-israelí. No es bueno que el país que históricamente fomentó el diálogo entre las partes tome una postura adicta y fanática por una de ellas, ya sea Israel o Palestina. 

Cualquier persona que realmente crea en una solución a largo plazo entenderá que la victoria de Donald Trump no hace más que profundizar el conflicto y separar más a las partes al tomar postura incondicional por una de ellas. 

Quienes crean que con la victoria de Trump la idea del estado palestino ha finalizado pueden ser oportunistas en busca de votos, pero es sabido que no se puede tapar el sol con la mano. El reclamo palestino va a seguir vigente y lo único que harán esas políticas es postergar dicha causa sin enfrentarla y perpetuar nuevamente y por años más la irresolución.

El entendimiento entre los pueblos, basado en la promoción de los derechos humanos y el reconocimiento de narrativas históricas diferentes es la base para comenzar a soñar con el ideal de dos estados para dos pueblos conviviendo en paz.

Con o sin Irán de aliado, con la embajada estadounidense en Tel Aviv o Jerusalem, Estados Unidos siempre entendió que la solución pasaba por la idea de dos estados para dos pueblos, y más allá de la retórica política, Donald Trump y sus asesores también.