Cuando Dios guarda silencio: Isaac Bashevis Singer | 2° vela de Januca

A principios del siglo veinte, un rabino jasídico de una pequeña aldea polaca fue designado como cabeza de la Yeshivá de Radzymin un pueblo cercano a Varsovia. Apenas un año después, luego de que un incendio destruyera el edificio de la Yeshivá, el hombre fue a dar con su esposa y sus tres hijos a un pequeño departamento citadino en el número diez de la calle Krochmalna, en Varsovia. Allí estableció un tribunal rabínico y se convirtió en juez y árbitro para las disputas y todos los asuntos cotidianos que aquejaban a los habitantes del empobrecido vecindario.

Este podría ser el argumento de alguna de las historias de Isaac Bashevis Singer, de hecho es el de varias de ellas, pero también es la historia de los primeros años de su vida. Singer creció influenciado por los relatos que escuchaba en la sala de estar de su propia casa y por los sabios consejos que su padre daba a cada visitante (leer En el tribunal de mi padre, Un día de placer).

Isaac Bashevis Singer, 1902-1991
Isaac Bashevis Singer, 1902-1991

En 1935, ya con más de treinta años de edad y preocupado por el crecimiento de la Alemania nazi, el escritor decide trasladarse a Estados Unidos, donde es recibido por su hermano mayor, Israel Yoshua Singer, quien muere pocos años después con una sola novela publicada, pero no sin dejar en su hermano menor un ejemplo literario a seguir. Muy pronto, Isaac Bashevis Singer comienza a escribir una novela por entregas para The Daily Forward, un periódico dirigido a la comunidad judía y escrito en yiddish.

Las historias de Singer bien podrían dividirse en dos mundos muy marcados, que son los dos periodos en los que transcurrió la vida del autor. Una faceta de pre-guerra, en una Polonia poblada por judíos del “shtetl”, judíos campesinos, judíos terratenientes, judíos pobres, judíos que viven hacinados en la apestosa calle Krochmalna de Varsovia, judíos que roban a sus vecinos, judíos que comercian, judíos mitad gentiles, etc. En estas historias es muy común la intervención de “dibbuks”, espíritus o demonios que toman posesión de las almas y juegan perversamente con las vidas de las personas, como si para el escritor la Polonia de su juventud tuviera algún componente mágico (Escoria, El Certificado, Una boda en Brownsville)

La otra cara del escritor es algo más cercana y oscura, y los motivos sobran. En una Nueva York más Judía que nunca, sus personajes buscan en el exilio cerrar heridas imposibles de cicatrizar. Algunos de ellos arrastran las marcas de la Shoá en una espiral descendiente que los mantiene atrapados en su propia miseria, otros, magnánimos, logran reconstruirse para ver al menos algo de la luz que se les había negado en su pasado europeo. Todos ellos sufrirán la nostalgia por un mundo y un estilo de vida que ya no volverán (Sombras sobre el Hudson, Enemigos: una historia de amor, Meshugah).

En 1978, en el banquete del Premio Nobel que acababa de recibir, Isaac Bashevis Singer contestó a la pregunta que le habían hecho durante toda su carrera: ¿Por qué escribir en yiddish, una lengua que se considera prácticamente muerta? “Me gusta escribir historias fantasmas”, dijo Bashevis con humor, “y nada encaja mejor para eso que una lengua muerta. Mientras más muerta la lengua, más vivos los fantasmas”. Tal vez otro motivo por el que Singer escribía en yiddish es porque era su lengua materna, y en cierta forma tenía la esperanza de que esta resurgiera.

En cierta forma, los personajes de Bashevis Singer sí son fantasmas, o mejor dicho, son hojas que flotan al azar en el viento. En sus novelas y cuentos la lógica de las decisiones racionales queda anulada por el permanente devenir de sus personajes entre dilemas que jamás terminarán de resolver por sí mismos. Ni malvados ni benévolos, no están movidos por la intención, y llegarán a sus acciones por causa de una cadena de acontecimientos externa e inevitable. Es como si su propio deseo no les perteneciera.

Los personajes de Bashevis Singer se entrelazan en complejas relaciones que son siempre descritas al límite del decoro y con bastante morbo. Mujeres que se acuestan con mujeres, doncellas que se disfrazan de hombres y se casan, relaciones extramatrimoniales por todas partes, todo es posible y el autor parece poner especial cuidado en evitar cualquier juicio de valor. Por estos comportamientos, el sector más conservador de la crítica, a menudo ha calificado a Singer como un “pornógrafo”, acusación que él mismo se ocupó de corroborar.

En contraste con el componente sexual, a lo largo de toda la obra de Singer, Dios tiene un rol protagónico pero pasivo: todo lo que hace es guardar silencio. Aunque en ocasiones el autor ha declarado creer en la existencia de un Dios, sus textos contienen fuertes críticas hacia la religión, pero más que nada, hacia el propio Dios, a quien hace responsable de la crueldad y del sufrimiento de la vida, ya sea por acción o por omisión.

Según Singer, lo que Dios busca es que el hombre proteste, “ya tuvo suficiente de aquellos que lo elogian y bendicen constantemente”. Tal vez él haya sido quien introdujo una variante en el debate teológico, justo entre el ateísmo y el teísmo: la posibilidad de un Dios que existe, pero que no es misericordioso ni piadoso, sino más bien indolente y perverso. En el mundo literario de Isaac Bashevis Singer, Dios permite que cosas terribles sucedan a la humanidad, y los sujetos de su creación, obligados a naufragar en sus caprichos, deben tolerarlo estoicos desde su frustración e impotencia.

¿Cómo verá el mundo un hombre nacido en el seno de una familia religiosa, si creciera leyendo a Spinoza y a Schopenhauer, y luego se convirtiera en testigo directo de la barbarie nazi? La vida y la obra de Singer son la respuesta a un montón de preguntas relacionadas al holocausto, a la religión y a la perdida de la fe. Tal vez la historia y las tradiciones judías, tan presentes en sus escritos, son apenas una herramienta, la más poderosa que el autor tenía a su alcance, para realizar con maestría agudas observaciones sobre la condición humana universal.